martes, 10 de abril de 2018

DE LA SANTIDAD ORDINARIA Y LA CÁTEDRA TABERNARIA

Seamos optimistas por una vez: de la vulgaridad extrema de sus más recientes enunciados quizás pueda deducirse -¡Dios así lo quiera!- la no muy remota conclusión del ciclo modernista. Es cierto que no cabía esperar un apogeo, estrictamente hablando, de unas tesis (resistámonos, como Bergoglio, a hablar de «doctrina») que hunden sus raíces en el abismo, en ese vacío poblado por demonios y réprobos y que proporciona mala sustancia nutricia a todas ellas. Pero también cumple distinguir entre la presentación más o menos "filosófica" de esas tesis, como les cupo a los Loisy y a los Blondel, y el torpísimo exabrupto, la explícita declaración de apostasía y de memez, todo en uno, como vienen destilándola algunos prominentes lenguaraces.

Convengamos, antes de seguir, que nuestro optimismo sólo tiene por objeto una directa intervención divina sobre esta Iglesia que se ha vuelto irreconocible por sustitución, y no ya la espera asaz cándida de que unos pocos cardenales hastiados tomen las medidas canónicas de rigor para salir del atolladero que supone este pontificado. Situamos el indicio de esa inminente divina intervención, aparte del quietista apocamiento de los prelados (que, cuando combaten los desafueros en auge, lo hacen con los textos del Vaticano II en la mano), en la banalización extrema de los postulados modernistas, que parecen con esto haber agotado sus recursos persuasivos de antaño para acabar girando sobre sí mismos en una locuela bochornosa y simiesca. Y como, según memorable enseñanza de Marechal, de los laberintos "se sale por arriba", elevaremos los ojos hacia los montes, ad orientem, presintiendo, cuando todo parezca perdido, la irrupción del único auxilio posible.

Cuando leemos en Rahner, v..g., que «para tener el valor de mantener una relación inmediata con Dios [...] se necesita evidentemente algo más que una toma de posición racional ante el problema teórico de Dios, y algo más que una aceptación puramente doctrinal de la doctrina cristiana», podemos columbrar el anti-intelectualismo del autor, al par que el desprecio del asentimiento religioso como fundamento de la relación del alma con Dios, pero el ataque contra la razón y la fe se desenvuelve todavía muy en las sombras y muy en el umbral, sin que consten a ojos vistas todas las consecuencias del planteo. Cuando Francisco, en cambio, en su documento más reciente, la emprende contra toda certidumbre intelectual y contra todo propósito de vida virtuosa fundado en la enseñanza de la Iglesia, valiéndose para ello de términos manoteados a disgusto en alguna historia eclesiástica repasada entre bostezos en sus remotos años de semiasnario (gnosticismo, pelagianismo, passim), lo que comprobamos es ya el desembozo, la explícita declaración de guerra al Magisterio y, si acaso, a aquel que la Escritura llama el «resto fiel», los que «guardan los mandamientos de Dios y el testimonio de Jesús» (Ap 14,12). Resulta francamente aterrador comprobar cuánto este hombre gusta atribuir las buenas obras a malas intenciones.

No nos detengamos, entonces, en la perenne inoportunidad de los epítetos: Bergoglio llama «pelagianos» a quienes se esmeran en vivir cristianamente, por mucho que éstos cifren en el auxilio de la gracia la consecución de sus buenos propósitos. Llama «gnósticos» a aquellos que profesan la fe de la Iglesia en toda su integridad, una fe que reconoce un fundamento racional y que no admite le sea escamoteado ninguno de sus artículos, a riesgo de sucumbir en deformaciones de carácter precisamente gnóstico, selectivo y delirante -los mismos que ventila Francisco a toda hora. Mañana el arlequín de blanco llamará peces a las aves y manjar a la carroña, y nos servirá su nueva ocurrencia escrita como prueba inequívoca del carácter irreparablemente pedestre de su modernismo de bodegón, acumulando, de paso, todo un repertorio de insultos para sus contradictores.

No reparemos tampoco en sus reveladoras antipatías, como aquella recusación más que habitual que este insomne activista de la carrera al poder hace de la vida consagrada: «muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada sólo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así» (GE, 14) «No es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio» (GE, 26). Estamos suficientemente advertidos por la vasta experiencia de los siglos acerca de cuánto fue siempre odiado y perseguido el monacato por los enemigos de la Iglesia, que veían en él algo así como la quintaesencia de nuestra santa religión: testigo la rapiña de los conventos después de consumada la fractura protestante, renovada luego en los tiempos de la Revolución francesa, bajo la República española, etc. «En la historia eclesiástica [...] la vida religiosa constituye un patrón infalible para medir el nivel espiritual del pueblo. Bien lo han sentido todos los que combaten a la Iglesia como institución. En todas las herejías modernas y en todos los movimientos antieclesiásticos, un punto esencial del programa ha sido la guerra a los conventos. Y dentro de la Iglesia misma, las corrientes hostiles a la vida claustral han conducido siempre a callejones sin salida, cuando no a la apostasía» (Ludwig Hertling, Historia de la Iglesia).

Ni hará falta destacar la ausencia, en un documento que pretende tratar de la santidad, de toda alusión a la expiación de los pecados. A lo sumo se distingue el pecado -con equívoco recurrente- de la "corrupción espiritual" (cfr. §165), como si no supusieran una y la misma cosa. Y se insta al galimatías de las "nuevas conversiones" a las que el Señor nos invita (§17) en lugar de abordar la perentoria urgencia de la conversión sin más. No se habla ni por acaso de la ardua santificación póstuma de las almas destinadas al Purgatorio, ni de la Iglesia como «comunión de los santos», ni de los méritos de unas almas en favor de otras como cosa constitutiva de este organismo sobrenatural que Cristo estableció para toda la eternidad y que ya triunfa en el Cielo, donde quienes nos precedieron interceden por nosotros.

En cambio, tenemos las lecciones de la vida cotidiana, con la vecina que debe aprender a no murmurar de los otros mientras pesa los tomates y la lechuga en el mercado (§16); a las muchas formas de bullying que dañan la autoestima ajena (nota al §117); al cuidado que nos merecen las personas que duermen al raso, que no deben ser confundidas con las bolsas de residuos (§98); a la acogida indiscriminada a los inmigrantes, así vengan degollando (§102 ss.). En este auténtico vademécum del buen burgués del tercer milenio, el Santo Padre se cuida muy bien de distinguir la virtuosa humillación, que recomienda, de aquel «espíritu apocado, tristón, agriado, melancólico, o un bajo perfil sin energía» (§122) que puede parecérsele en ocasiones. Como también corre a aclararnos que cuando habla del buen humor de los santos (y trae a cuento a santo Tomás Moro, a san Vicente de Paúl y a san Felipe Neri), «no estoy hablando de la alegría consumista e individualista tan presente en algunas experiencias culturales de hoy» (§128). El Escoto, en esto de las distinciones formales, no lleva tan apropiadamente el alias de doctor subtilis.

Y luego vierte la farragosa cornucopia de nimiedades sin la cual Bergoglio no sería Bergoglio, ni se podría decir de sus ghostwriters (Tucho et al.) que son muy dignos de él. Allí no faltan el vocativo melindroso ni el sensiblero lugar archicomún de los libros de autoayuda: «deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible» (§15); «tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión. Inténtalo escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él te da» (§23); «déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu» (§24), etc. Es realmente agotador. Giros denodados en el vacío, puras nulidades que tendrían que bastar para advertir a los responsables de la Librería Editorial Vaticana acerca de la conveniente edición de los próximos documentos de Francisco, con portadas que adviertan al público respecto del contenido de estos pasquines, tales como



o bien




La santidad ordinaria que propone Francisco, si es por atenernos a su mentor, tiene mucho más de ordinario que de santo. Ávido por sumergir toda excelencia en el limo de sus plebeyas preferencias, Bergoglio agota las posibilidades del principio de inmanencia exponiéndolo en el colmo de su precariedad. Sería auspicioso que, a partir de él, ya nadie pueda decirse persuadido por la filosofía moderna. Éstos son sus últimos e insuperables frutos.

Avanzada la primavera, en nuestros pueblitos rurales suelen sufrirse los ardores cutáneos que provoca el bicho quemador o "gata peluda", hylesia nigricans, oruga que se descuelga de los árboles como un bombardeo tan silencioso como eficaz. La gente teme el contacto de esta plaga, y avista las copas de los fresnos con comprensible desconfianza, esquivándolos con visible esmero. Es ciertamente penoso que debamos reservar idéntico recelo hacia la cátedra de Pedro, ocupada por uno que arroja parejas viscosidades candentes sobre la universa tierra. Nos queda la espera del juicio de Aquel que, sentado en un trono más alto que el pastor insensato anunciado por Zacarías (11, 15ss.), «más bien fantasma de pastor, que desampara la grey», acabe, según las palabras del profeta, por herirlo «en el brazo y en su ojo derecho», dando fin a estos interminables tiempos de prueba. Será un «cállate» ineludible, más efectivo que cualquier anatema pronunciado hasta la fecha, al que le seguirá, Dios mediante, la música de los ángeles y los redimidos.

lunes, 26 de marzo de 2018

LA UNCIÓN DE AQUEL SANTO LUNES

Rubens, Fiesta en la casa de Simón el fariseo, ca. 1618-20

Honores de sepultura
vino a rendirle furtiva
mujer, en la comitiva
de los Doce, y ya se apura
a enjugar sus pies de pura
prosapia con sus cabellos,
que como hiedra son ellos
cuanto de anudar se diga
el amor y sus fatigas
al Autor de sus destellos.

Como en el Cantar la esposa
se derrama interrogando
a todos que dónde y cuándo
va a llegar Quien la desposa,
así su endeblez virtuosa
rinde el total sacrificio
y en un suspiro adventicio
y en una endecha que es brasa
llena de aroma la casa
y de nardo esponsalicio.

Y es tal la espesor del gesto
en garbo tan delicado
que a Evangelio predicado
se hará con él manifiesto,
pues vino a embeber su arresto
al que pronto manaría
raudales con su sangría
de gracia y perdón divinos
para volvernos condinos
de su suerte y compañía.

¡Ay del que vela la escena
con ojos de estipendiario
y echa cuentas de denarios
cuando el Sol marcha a Su pena!
Admiración de azucena
rendida al par que fragante,
con la color del semblante
muda a la faz del misterio
nos infunda Vuestro imperio
y Vuestro amor consonante.

Dadnos, Señor, en Betania
saciarnos de Vuestro trigo
al tiempo que el enemigo
llenó el campo de cizaña.
Nos guardad de la vesania
de olvidar Vuestro homenaje
que repare tanto ultraje
siguiéndoos fiel el rastro,
vaciado el bol de alabastro
de nuestras vidas en viaje.

Fray Benjamín de la Segunda Venida

martes, 13 de marzo de 2018

CINCO AÑOS CON FRANCISCO

Talla de Bergoglio, lista para ser emplazada
entre los moais de la isla de Pascua
Si los cómputos heliocéntricos no fallan, la Tierra estará cumpliendo hoy, martes 13, cinco ciclos completos desde que Francisco salió al balcón de la Plaza San Pedro para saludar a la multitud con un campechano buona sera y para inclinarse ante la misma solicitando su democrática bendición. La efemérides, con dar cuenta del nudo dato de las revoluciones cósmicas, sirve en este caso para recordar la fecha de ingreso de aquella otra revolución intraeclesial en su fase más desembozada y brutal -entonces cuando, libre de tediosas rémoras y de vetustas exigencias de decoro, la peste modernista pudo al fin poner un esperpento de tomo y lomo en el vértice de la Iglesia ocupada. No es menester remembrar lo que vino a continuación: la prédica (sea de viva voz que a través de gestos. O por escrito, en documentos oficiales) del ecologismo, del pauperismo, de la moral situacional, del supuesto profetismo de Martín Lutero y del evolucionismo teilhardiano, entre mil otros timos que competían por obtener plaza de ciudadanía en esa «iglesia extraña y al revés de todas las reglas» que la beata Emmerich reconoció en sus visiones, debajo de la cual había «una sombría bodega llena de humo» pues «nada venía de lo alto en esta iglesia, todo venía de la tierra y de la región tenebrosa».

El zafarrancho que armó Francisco fue tal, que no le falta adlátere dispuesto a encomiarlo con palabras tan comprometedoras como que su «estilo [de Bergoglio] está produciendo una irreversible desmitologización del papado» (entrevista a Víctor Manuel "Tucho" Fernández, por Andrea Tornelli, visible aquí). Parece difícil ser más explícito (es decir, más cínico): el primado conferido al sucesor del Príncipe de los Apóstoles, su jurisdicción universal y la asistencia especial del Espíritu Santo para garantizar la inerrancia de sus definiciones ex cathedra serían, según Tucho, meros mitos -y mitos a desmontar. Lo cierto es que esa iconoclasia referida a su peculiarísima función es ejecutada por Francisco con una eficacia que todo un vasto ejército enemigo munido de las armas mas mortíferas no alcanzaría a igualar. Tiene razón, a la postre, el gran Tucho: ni la cachetada de Anagni, ni la cautividad de Pío VII bajo Napoleón, ni el intento fallido de las huestes masónicas por arrojar al Tíber el cadáver del apenas fallecido papa Pío IX: ninguno de estos precedentes alcanzó tal vis profanatoria.

Lo que consta acabadamente en un volumen de reciente aparición a cargo de Alejandro Sosa Laprida, que viene a continuar la reseña de bergogliadas acometida en otros dos trabajos anteriores (que hemos reseñado aquí y aquí). Se trata de Cinco años con Francisco, soberano blasfemador del Vaticano, cuyo archivo en pdf es accesible en este enlace y cuya consulta recomendamos a todos los que entiendan imperioso mirar cara a cara este abismo, cifra y culmen de la apostasía ya prevista en las Escrituras.


martes, 27 de febrero de 2018

LO INDEBATIBLE, A DEBATE

Último e insuperable hito entre los socorridos por el élan liberal en su descenso a los más sellados infiernos, la legalización del aborto concita todos los horrores que una mente no agostada por esa nueva patología llamada brain fog o «niebla mental» podría sufrir en esta ardua hora. Es ciertamente de malnacidos andar alentando la carnicería atroz de los más débiles e inocentes, es de un ensañamiento ciego como de perros rabiosos este retozar entre argumentos a cuál más sofístico y enclenque para sumarse al coro infecto de los que piden cuchillo contra el indefenso. "El derecho a disponer del propio cuerpo", apuran con crasa inconsecuencia los mismos que cuestionan el derecho natural de propiedad, resemantizando de paso esa incipiente vida ajena en quiste o forúnculo. "El número de mujeres que mueren por abortos clandestinos", lagrimean los que omiten que, tanto en abortos clandestinos cuanto en aquéllos perpetrados sub lege, mueren siempre y sin excepción los niños. En un ciento por ciento: que lo adviertan estos merodeadores de estadísticas amañadas.

Nunca estará de más recordar aquella descripción del Juicio Final que sólo san Mateo trae entre los cuatro evangelistas (25, 31 ss.) y que consta entre las últimas enseñanzas públicas de Jesús. El tema de la caridad como condición para la bienaventuranza eterna, en la sociedad de la previsión y de la obsolescencia, reclama extenderse a aquellos cuyo mero alumbramiento depende hoy como nunca del arbitrio de otros, incluidos los legistas. Es aquello que, sin el imponente escenario esjatológico, urgía a grandes voces el profeta: parte tu pan con el hambriento (...), cuando veas a alguien desnudo, cúbrelo, y no desprecies al que está hecho de tu propia carne (Is 58, 7), recomendación esta última que cabe del todo literalmente a las mujeres tentadas de abortar. Hoy el mal del coco alcanza tal cota que no faltan tontos escépticos que, descuidados los otros nueve mandamientos, recurren al «no matarás» como principio doctrinario del vegetarianismo o de la prohibición de la tauromaquia, mientras aprueban el descuartizamiento sistemático de aquellos que son «nuestra propia carne» recién gestada.

Si algo faltaba para agregar sombras a esta lúgubre demoniocracia era convocar una sesión en el Congreso para debatir sobre la licitud del filicidio. De sobra sabemos de qué modo son tratados la verdad y el honor en estas gimnasias parlamentarias. El propio ministro de Cultura de Macri blandió un lema que se define solo: «tiene que ser una discusión madura y, después, que gane la mayoría». La mayoría parlamentaria como omnímodo principio de determinación en los asuntos morales, con el populacho llamado a intervenir a su modo, entre regüeldos, al otro lado de la acaparadora pantalla. Es sabido: hay una muchedumbre de juicios erróneos que el mundo inspira en nuestros contemporáneos acerca de demasiadas cosas. Quizás éste de la condescendencia con el aborto sea el más expresivo del estado de confusión demoníaca, el velo más tupido con que se ha cegado la sensibilidad del común respecto del problema del mal.

Ante nuestros ojos se desenvuelve un drama invisible a los más, que corren a ocupar su sitio a la diestra o la siniestra del sumo Juez aun antes del dies irae decretado, siendo el aborto y su legislación la ocasión para anticipar el criterio último con el que Aquel obrará la obligada distinción entre ovejas y cabritos. Pues no sólo en la casi obvia identificación de Nuestro Señor con «el más pequeño de sus hermanos» reside el paralelismo del caso, sino en la actuación de sus principales actores. Así, si esta repentización de la disputa respondiera al propósito de distraer el malhumor colectivo tras el incontrolable aumento del precio del combustible y las tarifas (como verosímilmente se ha señalado), menudo nuevo rasgo de semejanza con Pilatos se habrá adosado Macri, cuando aquél entregó al Justo para aplacar un furor popular que anunciaba sedición. Incluso la aparición en escena de Cristina Kirchner para avalar la convocatoria al debate revela una inesperada concordia entre ésta y el actual mandatario después de tantos desencuentros, semejante a aquella de Herodes y Pilatos, que «aquel día [con ocasión del  proceso de Cristo] se hicieron amigos, porque antes eran enemigos» (Lc 23, 12). Ni faltó ese único obispo que, a semejanza de José de Arimatea, hizo públicas las dos o tres observaciones pertinentes al caso, ganándose el escarnio de los animadores y payasos de este circo de sangre. Pues habló de la falta de principios de Macri y su pandilla, y de paso tocó el tema de la pátina católica que imprimen colegios y universidades por éstos frecuentados, de los que se sale sin siquiera saber hacer correctamente la señal de la Cruz. Y del hipócrita silencio al que se han juramentado la prensa y los políticos cuando, tomando pretexto de los embarazos por violación, omiten, v.g., todo debate sobre la pena de muerte del agresor, proponiendo en cambio la disputa acerca de la eliminación del más inocente.

Era obvio, por lo demás, que la Conferencia Episcopal iba a apresurarse en hacer las veces del Sanedrín, instando calurosamente a un "diálogo sincero y profundo en el que se escuchen las distintas voces", lo que pronto fue correspondido con la gratitud de los ideólogos del control demográfico por vías las más cruentas.

jueves, 22 de febrero de 2018

TECUCUECUECHTLI

Adoración eucarística durante el reciente retiro de la Curia romana en Ariccia, en proximidades de Roma


Hasta los náhuatls podrían aleccionar a nuestros salvajes contemporáneos acerca de la calidad requerida en sus superiores, según atestigua fray Bernardino de Sahagún en su Historia general de las cosas de Nueva España:

Nota hijo -enseñaban los ancianos-, que la humildad y el abajamiento de cuerpo y alma, y el lloro y las lágrimas y el suspirar, ésta es la nobleza y el valer y la honra; mira, hijo, que ningún soberbio ni erguido, ni presuntuoso ni bullicioso ha sido electo por señor; ningún descortés, malcriado, deslenguado, ni atrevido en hablar, ninguno que habla lo que se le viene a la boca ha sido puesto en el trono y estrado real. Y si en algún lugar hay algún senador que dice chocarrerías y palabras de burla, luego le ponían un nombre, tecucuecuechtli, que quiere decir «truhán». 

domingo, 18 de febrero de 2018

JURAMENTO DE FIDELIDAD AL MAGISTERIO DE FRANCISCO

Circulan insistentes rumores de que el Autócrata de Blanco estaría por exigir a los clérigos de toda la redondez del planeta un juramento de fidelidad a sus impares enseñanzas, una a modo de parodia del juramento antimodernista que san Pío X reclamara a los nuevos sacerdotes en la ceremonia misma de su ordenación. Se ha querido ver un anticipo de esto en cierto pasaje de la reciente exhortación apostólica Veritatis gaudium, que en su numero 26, y a grupas de la constitución Lumen gentium del Vaticano II (§ 25), establece que
los que enseñan materias concernientes a la fe y costumbres, deben ser conscientes de que tienen que cumplir esta misión en plena comunión con el Magisterio de la Iglesia, en primer lugar con el del Romano Pontífice,
exigencia obvia en tiempos en que el romano pontífice era católico sin mengua, pero que al día de hoy parece una broma macabra. Por lo demás, ¿cómo congeniar el Magisterio de la Iglesia con el del Romano Pontífice en días en que quien oficia de tal es uno que, ante la acusación recurrente de hereje de que es objeto de parte de un creciente número de católicos, no responde otra cosa que «cuando en estas personas, por lo que dicen o escriben, no encuentro bondad espiritual, yo simplemente rezo por ellos» (fuente aquí), sin preocuparse en absoluto por aventar la gravísima acusación? ¿Cómo hacerlo, insistimos, en tiempos en que la compulsa del Denzinger y el Bergoglio, en doble columna, entrega algo así como el agua y el aceite, el día y la noche, los opuestos sin mestizaje posible? Porque es innecesario recordar que, en materia de fe y costumbres, ora recurramos al mingisterio escrito de Francisco, ora prestemos oído a su chapurreo homilético de Santa Marta, a sus vociferadas confidencias con Bonafini o con Scalfari, mismo a su logorrea aeronaval, encontraremos casi sin excepción una labor de zapa aplicada no contra las malas hierbas sino contra el trigo sano, en un tan insidioso como incansable cuestionamiento de la enseñanza perenne de la Iglesia con consecuente exaltación de la ética de situación, del naturalismo, de las patrañas progresistas, de la bolsa gorda de todos los errores coyuntados que la Iglesia supo combatir cuando aún era su estilo el anathema sit.

Refiriéndose a aquella tercera parte de las estrellas del cielo que el vidente de Patmos vio precipitarse a tierra por la cola del dragón (12, 3 ss.), imagen en la que numerosos exegetas creyeron ver la defección de un tercio del clero en los tiempos finales, el estadounidense padre Herman Kramer sugirió, en su Book of destiny (1956), que el demonio inspiraría a los clérigos apóstatas «la aceptación de morales no cristianas, doctrinas falsas, transigencia con el error u obediencia a gobernantes laicos en violación de conciencia», y que «el significado simbólico de la cola del dragón puede mostrar que los clérigos que se disponen a apostatar conservarán sus influyentes posiciones en la Iglesia, después de haberlas alcanzado por medio de hipocresía, fraude y adulación.» El clero rendido al dragón estaría conformado por aquellos que «dejaron de predicar la verdad o de amonestar al pecador por medio de un ejemplo eficaz, y que, por el contrario, buscaron la popularidad por su tibieza y por ser esclavos del respeto humano». Dicho a distancia de sesenta y tantos años, resulta un calco de lo que ahora vemos. Un identikit de Bergoglio y de su fauna predilecta, de sus alcahuetes, de sus entenados y satélites.

No sabemos cuánto haya de cierto en las hablillas que anticipan la imposición de tal "juramento de fidelidad" -o de infidelidad, según se tenga por objeto del mismo a Francisco o a Nuestro Señor. Papeleta urdida para doblegar la resistencia de los que resisten, para vencer la indecisión de los indecisos y para sellar la defección de los traidores, su sola circulación podría apurar el paso de la latencia a la patencia de la apostasía en un número que a priori asoma tan abrumador, que ojalá fuese sólo de un tercio del clero, lo que parece una proyección asaz benévola para estos tiempos brunos. Porque está visto que las razones del capataz camandulero de la parábola («cavar, no tengo fuerzas; mendigar, me da vergüenza») pueden hoy día suponerse en los labios y en las mentes de una muchedumbre de consagrados asustadizos que demuestran querer conservar sus canonjías antes que rendir cristiano testimonio. 


Lo que sí podemos anticipar es el tenor de los ítems confluyentes en la infausta cartilla de rendición de las conciencias, que podrían decir algo así como:
- siguiendo los pasos -las zancadas- del Pontífice gloriosamente reinante, no me negaré al contubernio con terroristas, impulsores del aborto y la eutanasia, yuntas de bufarrones y políticos archicorruptos, ni le haré asco al besuqueo de pies musulmanes, ni al uso de la kippah en francachelas con los deicidas, todo para ecuménico ejemplo de la grey vacilante y escarmiento de los protestones. ¡Ah...! Y también haré buenas migas con los protestantes.
- Juro acordar toto corde con el Santo Padre, santo e ínclito varón, en lo concerniente a la perenne indeterminación de los principios y de las conclusiones en todo quehacer especulativo. Pues «el teólogo que se complace en su pensamiento completo y acabado es un mediocre. El buen teólogo y filósofo tiene un pensamiento abierto, es decir, incompleto» (Veritatis Gaudium, 3), lo que consuena maravillosamente con las premisas antimetafísicas de la filosofía moderna y del "pensamiento débil" preconizado en nuestros días. Ya lo había voceado algún neo-teólogo por los días del Concilio: vivre c'est perdre la foi. Lo que, en lo tocante a nuestras ideas y tradiciones, se traduce en renunciar «a la pretensión de que sean únicas y absolutas» (Francisco, Mensaje para la XVIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 1-VI- 2014). 
- Juro rechazar con garras y dientes, a imitación del Obispo de Roma, que quiere «una Iglesia pobre para los pobres», toda manifestación de la excelencia del sacerdocio. Pues si ya nos era permitido deshacernos del molesto traje talar, hoy debemos vestir zapatos raídos y camisas apolilladas para no ofender el sacro principio del igualitarismo. Este pauperismo afín al profesado por el Iscariote en la célebre escena de la unción en Betania, se extienda al alma misma de nuestro ministerio, donde no habrá nada que nos distinga del común de los mortales, nada que estorbe la inmanentización extrema de la religión: «evitemos encerrarnos en estructuras que nos dan una falsa protección, en las normas que nos transforman en jueces implacables. Nuestro deber es trabajar para hacer de este mundo un lugar mejor y luchar. Nuestra fe es revolucionaria por un impulso que viene del Espíritu Santo» (Francisco, discurso al clero italiano en Florencia, 10-XI-2015)
- En línea con el magisterio entre líquido y vaporoso de Francisco (no del de Asís, sino de aquel que habla hasta por los codos), no dejaré de censurar la aplicación de la pena de muerte aun en los casos de violadores cien veces reincidentes y de delincuentes que se destacan por la inhumanidad para con sus víctimas, ni de condenar toda guerra como anticristiana, incluyendo aquellas Cruzadas emprendidas para la liberación del Santo Sepulcro profanado por los pacíficos islamitas. Estos arrechuchos ante el mero olor a pólvora y a dignidad, irrastreables en el Magisterio de la Iglesia y que proscriben la noción misma de «guerra justa» de un plumazo, confirman en boca de un utopista Francisculus aquel profundo deseo que latía en nuestras bonachonas entrañas: «hay que poner fin a todos los conflictos, grandes o pequeños, antiguos o recientes» (Francisco, Mensaje de Pascua, 20-IV-2014), análogo en punto a realismo al compromiso por alcanzar la «pobreza cero» en los notos eslóganes de Cáritas S.A. 
- Juro, al precio de mi pellejo, defender la más amplia multiplicidad de las traducciones litúrgicas a instancias de las Conferencias Episcopales, según lo dispuso el perito químico Jorge Mario Bergoglio en su motu propio Magnum Principium, dando lugar a un creativismo desbordado que, así como ya transmutó el Credo y el Paternoster, así podrá alentar diferentes versiones incluso de la fórmula consecratoria a un lado y otro de las fronteras nacionales. Pues como lo asienta allí nuestro sapientísimo escanciador, «para los creyentes que celebran los ritos sagrados (sic) [...] la palabra es un misterio», y lo será cada vez más abstruso e impenetrable en la medida en que esta Jerarquía siga obstinándose, con santa obstinación, en configurar a la Iglesia con Babel. 
- Juro, y créanme, aplicar con la mayor diligencia el principio supremo de la tolerancia y el respeto, el mismo proferido por el Reinante en su discurso de julio de 2013 en el Teatro Municipal de Río de Janeiro ante distintos representantes de la sociedad civil de Brasil cuando, en respuesta al consejo que éstos le reclamaban como a celestial oráculo, Bocazas redondeó: «mi respuesta siempre es la misma: diálogo, diálogo, diálogo». Trisagio éste pronto incorporado al «Repertorio de sentencias de los máximos benefactores de la humanidad» editado por la Masonic Press, que cobija otras tantas perlas labradas por hombres de la talla de Nelson Mandela, Paulo Freire y Walt Disney.
- Juro, sin sombra de vacilación, secundar al Gran Khan Francisco en sus excursiones punitivas de todos los institutos de vida consagrada aferrados al "se ha hecho siempre así", allí donde se huele incienso y se musitan latinajos o, peor, se celebra esa Misa de antaño, y me comprometo a aplaudir la aplicación de la guillotina sobre los fundadores de tales casas, así sean éstos nonagenarios. Esto sin merma de que luego podamos nosotros mismos dar ánimo a nuestros damnificados atribuyendo sus cuitas a «persecución diabólica».
- Juro y rejuro, y que me vaya en ello la saliva y sus hontanares, desalentar junto con el Sátrapa Mayor de Roma todo esfuerzo misional a fuerza de epítetos, llamando al celo por la salus animarum una "solemne tontería", y haciendo de san Francisco Javier y del padre De Foucauld unos agentes del odioso imperialismo occidental. Pues, en palabras del propio Francisco, «si la educación de un chico se la dan los católicos, los protestantes, los ortodoxos o los judíos, a mí no me interesa. A mí me interesa que lo eduquen y que le quiten el hambre» (entrevista con el periodista brasileño Gerson Camarotti, de la cadena Globo News, 29-VII-2013).
- Juro profesar, en consonancia con el Payaso Malvado, una apocatástasis casi sin mancilla, donde aun el «pobrecito Judas» tenga su lugar entre las Jerarquías celestes y donde el infierno vacío de Von Balthasar contenga, por razones de congruencia, sólo una exigua minoría de réprobos: los católicos "fundamentalistas". Y para no contradecir la enseñanza perenne de la Iglesia acerca de la necesidad de la gracia para alcanzar la gloria, afirmaré, con ese nobilísimo tratado de las concupiscencias (Amoris Laetitia, 301), que «ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada 'irregular' viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante».
- Asumidos todos estos puntos, juro, a lo último, con pacata y asnal docilidad, prestar mis lomos a la montura que sobre estos dispongan otros extender para que, perinde ac cadaver, Francisco me lleve así ensillado donde él juzgue conveniente, incluso al precio de que caigamos ambos en el hoyo ultramundano. Me quedará al menos la tranquilidad de haber practicado la obediencia hasta el heroísmo. 

No hace falta acotar que estos puntos del juramento pueden ser ampliados o sustituidos por muchos otros de similar inspiración: tanto los ágrafa como los documentos de Francisco surten sugerencias a raudales.  Cuanto al uso que los sacerdotes fieles pudieran hacer del texto del juramento cuando éste les sea extendido, acá consta uno el más apropiado:


                                       
                                       

sábado, 30 de diciembre de 2017

EL BALANCE DEL CATÓLICO

El balance de fin de año del católico ni pizca debiera tener del balance contable de las empresas, ni siquiera del recuento comparativo de dichas y penas allegadas por el declinante ciclo. Más bien un como memento mori y un examen de conciencia de más largo aliento, e incluso una ocasión para meditar en los novísimos del hombre y en los del mundo. Porque así como inexorablemente pasan las hojas del calendario, sic transit gloria huius mundi. 

Pero tampoco cabe para el caso la aplicación de esas teorías degenerativas que simplifican hasta el insulto la extraña articulación del compuesto humano, haciendo que el hombre tenga no más que la edad de sus arterias. Pues, según lo dice el salmista en atención a causalidades que rehuyen el mero patrón biológico, «tu juventud se renueva como la del águila», esto es: aunque declinen tus fuerzas corporales, podrás avanzar de altura en altura hasta contemplar, tras una muerte dichosa, la Gloria del que te redimió. Aquí, la paradoja inaccesible al fisicismo. La arteriosclerosis de la ciudad terrena, en todo caso, es propia de aquella organización que rehuye la injerencia de la gracia, de aquella planificación social endurecida por una engañosa autosuficiencia, por el culto sacrílego de sí mismo. Planificación que se limita, a la postre, a hacer más confortable el fango, ya que la ansiada plenitud fáustica termina desmentida una y otra vez en los individuos y en las generaciones, y el cielo en la tierra no acaba nunca de consumarse, muy a despecho del candoroso evangelio del progreso.

Non enim habemus hic manentem civitatem, sed futuram inquirimus (Hb 13, 14). No nos vengan entonces con un neocatolicismo de puras inmanencias, hecho apenas para amortiguar hic et nunc las desazones que provee a manos llenas un régimen social inicuo hasta la médula (e inicuo por definición, ya que niega a Dios el culto que se le debe por estricta razón de justicia). Esto sí que es verdadero "opio de los pueblos": la Iglesia como "hospital de campaña" que sana a los cerdos heridos para que éstos puedan volver a refocilarse en el limbo, en el limo. No: esto es una falsificación tan indecorosa y banal de nuestra religión que por momentos ni siquiera parece la obra de una inteligencia demoníaca sino de una bestia humana aturullada por los excesos del vientre.

Si un deseo debiéramos formular para este próximo año es que Dios entumezca la lengua de los pastores impíos que cambian la exhortación a la conversión y la penitencia por la módica instancia a la "inclusión". Que arranque almas a su funesta influencia, y nos provea un Papa conforme a Su voluntad. O mejor, y más realísticamente dicho: que venga a deshacer los entuertos en que sobreabunda su desfigurada Iglesia. Que venga en Gloria y Majestad y nos encuentre en vela y expectantes.