sábado, 30 de diciembre de 2017

EL BALANCE DEL CATÓLICO

El balance de fin de año del católico ni pizca debiera tener del balance contable de las empresas, ni siquiera del recuento comparativo de dichas y penas allegadas por el declinante ciclo. Más bien un como memento mori y un examen de conciencia de más largo aliento, e incluso una ocasión para meditar en los novísimos del hombre y en los del mundo. Porque así como inexorablemente pasan las hojas del calendario, sic transit gloria huius mundi. 

Pero tampoco cabe para el caso la aplicación de esas teorías degenerativas que simplifican hasta el insulto la extraña articulación del compuesto humano, haciendo que el hombre tenga no más que la edad de sus arterias. Pues, según lo dice el salmista en atención a causalidades que rehuyen el mero patrón biológico, «tu juventud se renueva como la del águila», esto es: aunque declinen tus fuerzas corporales, podrás avanzar de altura en altura hasta contemplar, tras una muerte dichosa, la Gloria del que te redimió. Aquí, la paradoja inaccesible al fisicismo. La arteriosclerosis de la ciudad terrena, en todo caso, es propia de aquella organización que rehuye la injerencia de la gracia, de aquella planificación social endurecida por una engañosa autosuficiencia, por el culto sacrílego de sí mismo. Planificación que se limita, a la postre, a hacer más confortable el fango, ya que la ansiada plenitud fáustica termina desmentida una y otra vez en los individuos y en las generaciones, y el cielo en la tierra no acaba nunca de consumarse, muy a despecho del candoroso evangelio del progreso.

Non enim habemus hic manentem civitatem, sed futuram inquirimus (Hb 13, 14). No nos vengan entonces con un neocatolicismo de puras inmanencias, hecho apenas para amortiguar hic et nunc las desazones que provee a manos llenas un régimen social inicuo hasta la médula (e inicuo por definición, ya que niega a Dios el culto que se le debe por estricta razón de justicia). Esto sí que es verdadero "opio de los pueblos": la Iglesia como "hospital de campaña" que sana a los cerdos heridos para que éstos puedan volver a refocilarse en el limbo, en el limo. No: esto es una falsificación tan indecorosa y banal de nuestra religión que por momentos ni siquiera parece la obra de una inteligencia demoníaca sino de una bestia humana aturullada por los excesos del vientre.

Si un deseo debiéramos formular para este próximo año es que Dios entumezca la lengua de los pastores impíos que cambian la exhortación a la conversión y la penitencia por la módica instancia a la "inclusión". Que arranque almas a su funesta influencia, y nos provea un Papa conforme a Su voluntad. O mejor, y más realísticamente dicho: que venga a deshacer los entuertos en que sobreabunda su desfigurada Iglesia. Que venga en Gloria y Majestad y nos encuentre en vela y expectantes. 



domingo, 24 de diciembre de 2017

NUESTRO RESCATE

Adoración de los pastores, Giotto,
fresco de la capilla de los Scrovegni, h. 1303-1305.


...Grandes lumbres de concordia
aquella noche alumbravan
y los cielos destilavan
rrayos de misericordia.
Los ángeles se alegravan.

Los planetas rrelucían
con dorados rresplandores,
los árboles florescían
y los campos se cubrían
de muy olorosas flores.

Las muy altas hierarquías
por el suelo se humillaron
y según que le adoraron,
ser Éste el santo Mesías
claramente publicaron.

Y en un pesebrico puesto
con pobreça le an servido
los cielos con todo el rresto.
Hombre y Dios en un supuesto
le conoscen ser nacido....


Aucto de la Circuncisión de Nuestro Señor
- manuscrito original de Colección de Autos sacramentales, Loas y Farsas del siglo XVI (anteriores a Lope de Vega), Biblioteca Nacional (España).

jueves, 21 de diciembre de 2017

CUANDO LOS PECADORES TIRAN LAS PRIMERAS PIEDRAS

“Y si lo hirió con una piedra en la mano, por la cual pueda morir, y muere, es un asesino; al asesino ciertamente se le dará muerte”.
                                                    Números, 35,17

por Antonio Caponnetto


En tanto los hechos, por su propio peso, se tornan evidencias, escaso o nulo es el margen que queda para la duda. Todo se vuelve certidumbre válida.

-Es evidente que Macri tiene tres ciudades paradigmáticas que guían su gestión gubernativa. Cartago, Sodoma y Sión. En la primera –según nos lo dice Aristóteles en la Política- se valoraba más la riqueza que la virtud. En la segunda, los pecados contra natura eran política de Estado. La tercera es el símbolo de la Sinagoga rampante. Símbolo y garantía a la vez del destronamiento intencional de Jesucristo. Menos la Civitas Dei, todo remedo babilónico dará la medida de su polis ejemplar.

-Es evidente que, para sus opositores, las tres ciudades poseen el mismo encanto; y que la materia que los diferencia ocasionalmente no es el funesto abanico de las predilecciones, sino el que puedan ser los regidores de aquellas urbes siniestras o sus meros secuaces. Idolatran sustantivamente lo mismo porque son lo mismo. Se pelean por la alternancia en los puestos de madame o de ramera, pero todos trabajan para el éxito del mismo lupanar.

-Es evidente que las izquierdas, con sus tentáculos múltiples, hacen ostentación de actos vandálicos, criminales y delictivos, cada vez que se les ocurre; demostrando que la gimnasia terrorista sigue siendo su apuesta, su fuerte y su curso de operaciones preferido.

-Es evidente que nadie se atreve a llamar al accionar de esas izquierdas por su verdadero nombre: Revolución Marxista; y hasta se comete el delirio semántico de acusarlas de fascistas por una supuesta obstaculización que ejecutarían del institucionalismo regiminoso.

-Es evidente que las principales testas crapulosas del oficialismo –del de hoy y del de ayer nomás- utilizan a las fuerzas armadas y de seguridad como meros fusibles, para que sobre ellos se descargue todo el odio y la vesania de esas izquierdas pluriformes pero unánimemente asesinas. La consigna emanada de los más altos poderes políticos es que los garantes de la seguridad permitan la consumación de los más graves actos delincuenciales, antes que osar la conjugación del verbo prohibido: reprimir. Y que permitan ser apaleados a mansalva antes que atreverse a conculcar el derecho humano al desmán que posee, de mínima, todo miembro de las troikas nativas.

La orden de la lenidad para los cien rostros del salvajismo rojo, se cumple a rajatablas. Su triste consecuencia inmediata también: destrozo de vidas y de bienes, escarnio del orden y victoria del caos. La sangre de un policía o la herida de un gendarme se vuelven invisibles. La más superficial magulladura de un forajido será tenida ipso facto por genocidio. Un vulgar piropo callejero es ahora violencia de género. Lapidar a mujeres uniformadas es protesta social. Los mismos que gritan ni una menos, tienen permiso para usar de blanco mortal a las mujeres de las fuerzas públicas.

-Es evidente que la Iglesia en la Argentina –que acaba de llevar en andas y en olor de multitud a dos representantes episcopales de la clerecía villeril, ideologizadora del resentimiento y del rencor del lumpen- ha tomado partido por el progresismo; herético en lo teológico, subversivo en lo político, insurreccional en lo social y desquiciado en todo. Del Cardenal Primado para abajo, la casi totalidad de los pastores son funcionales, ya no a la apostasía, que es la máxima expresión de su infidelidad, sino al programa revulsivo de las izquierdas dominantes. Su declamada opción por los pobres, no es porque les importe de ellos el bienestar ordenado al Reino de Dios, sino la rebelión social permanente.

Bergoglio –en quien se cumple el neodogma de la infalibilidad para el mal- sólo le ha insuflado un tinte más ramplón y plebeyo a este cuadro literalmente apocalíptico, pero no lo ha inventado. Su culpa, seamos francos, es atizar hasta el escándalo los carbones del averno, pero el averno ya estaba funcionando hace rato. De todos modos, en el campeonato de los renegados difícilmente le emparde alguno su puesto en la avanzada.

Y así podríamos seguir enunciando evidencias, tan palmarias cuanto desgarradoras. La llamada “batalla del Congreso” o “De las piedras”, acaecida el pasado 18 de diciembre, quedará como cifra y epítome de esta patencia de la iniquidad sin freno.

Lo que, por culpa del lavado de cerebro colectivo, del pensamiento único dominante y de la execrable corrección política, no se quiere tornar evidente, es que todo esto que ocurre se llama democracia. Se llama triunfo de la mitad más uno, dictamen del sufragio universal, imposición de la deificada soberanía del pueblo, vigencia plena de la partidocracia, constitucionalismo de cuño iluminista, tripartición del poder, representantes del pueblo y todo el repertorio de vejámenes al bien común, fraguado en el aborrecible molde del liberalismo.

Sí; lo diremos hasta con nuestro último aliento: la gran culpable es la perversión democrática; intrínsecamente endemoniada, inherentemente pérfida, connaturalmente enferma y nefanda. Toma entre nosotros, rotativamente, los nombres ruines que se han vuelto infamemente familiares: peronismo, radicalismo, socialismo o macrismo, lo mismo da. En sí mismos y en sus caciques son la nada absoluta, la fraseología insustancial, la praxeología aterradora, el activismo oportunista, la corrupción generalizada. Pero en tanto rostros y brazos rotativos de la perversión democrática, su enemistad con la salud de la patria se vuelve absoluta.

Que todavía haya supuestos amigos o próximos que no se den cuenta, sólo prueba la eficacia de aquel mentado lavaje de cerebro. Pero que haya otros, capaces de quebrar lanzas por la justificación del sistema imperante, ya no es simple miopía sino culposo contubernio. Son los católicos libeláticos y los argentinos perduéllicos. Libeláticos eran llamados los creyentes cobardes, que para evitar las persecuciones de los poderosos de la tierra, bajo el imperio romano, procuraban tener un libellus o certificado de que habían echado incienso a los dioses. Perduéllicos, en el mismo horizonte cultural romano ya mentado, eran los enemigos internos de la nación. Se lleven ambos grupos nuestro mayor desprecio. Unos y otros, de consuno, trabajan para probar la licitud y la conveniencia de legitimar la inserción en el sistema democrático. Que es trabajar para legitimar la conculcación del Decálogo.

Nuestro Señor enseñó, para ejercitar un acto real y concreto de misericordia, que el que estuviera libre de pecado arrojara la primera piedra a aquella desdichada mujer adúltera. Y apaciguó la iracundia del fariseísmo. Hoy, la hez de los pecadores y viciosos, de los crápulas e indecentes de la peor ralea, de los que no se diferencian en nada de una náusea o de un esputo, han invertido el mandato de Cristo. Sus piedras arrojadas a mansalva y con la anuencia despiadada de todos los poderes políticos, claman al cielo pidiendo justicia.

En esta nueva Navidad doliente, se nos conceda la gracia de ser los artífices de aquello que imploró y que prometió Isaías (9,10): “Los ladrillos han caído, pero con piedras labradas los reedificaremos; los sicómoros han sido cortados, pero con cedros los reemplazaremos”.

Que otros tengan vocación de sufragistas, de congresales, de demócratas con encuestas al tope y estadísticas a favor; de módicos funcionarios del macrismo, del peronismo u otras subpurulencias derivadas. Se sumarán al infierno.

La patria necesita varones y mujeres con vocación de cedro y de piedra labrada. Se sumarán a ese paraiso, joseantonianamente concebido, con ángeles portadores de colosales mandobles en los aguilones de la puerta.

martes, 19 de diciembre de 2017

LOS ERRORES DE RUSIA, MÁS VIVOS QUE NUNCA

(a propósito del centenario de la Revolución rusa)


por César Félix Sánchez
(tomado de Adelante la Fe)

Entre algunos –incluso católicos– existe cierta perplejidad respecto a los «errores de Rusia» y su ulterior expansión por el mundo profetizados por Nuestra Señora en Fátima en 1917. Si se trata del marxismo, ¿no sería mejor hablar de errores alemanes, tanto por el origen de Marx y Engels como por su impronta hegeliana? Y, por otro lado, si todavía no ha llegado el triunfo del Inmaculado Corazón, ¿cómo es que el comunismo parece haber dejado de existir como amenaza para la Iglesia y la civilización?

La respuesta es bastante sencilla. Los «errores de Rusia» no se refieren simplemente al viejo marxismo, nefasto pero esclerotizado para 1917 en partidos obreros de masas bastante moderados, como el SDP alemán y la SFIO francesa, sino a su superación y perfeccionamiento en el mal que es el leninismo, ese non plus ultra del maquiavelismo político, de la idolatría del poder y de la inmoralidad. Y ese producto, el bolchevismo o marxismo-leninismo sería dado a luz por Vladímir Illich Ulianov, Lenin, al calor de las conspiraciones contra el régimen zarista.

¿Qué caracteriza esencialmente al marxismo-leninismo? Pues, en primer lugar, un elemento de praxis organizativa que, como todo en la doctrina del autodenominado «socialismo científico», esconde una verdad teórica significativa: el reemplazo del viejo partido de masas (siempre «moderable» y con tendencias «populistas») por el partido de cuadros selectos y secretos, de revolucionarios profesionales clandestinos, siempre dispuestos a la acción «apostólica» y «misionera», especialmente en los lugares más difíciles y ante determinados sectores estratégicos de la sociedad.

El partido, una élite dispuesta a todo y sometida al férreo control del líder –ese individuo cósmico-histórico para Hegel, casi infalible, pues es casi la historia encarnada – por el paradójicamente llamado «centralismo democrático», será la «vanguardia del proletario» y su relación con la sociedad se dará a través de organismos de fachada, de apariencia neutra e incluso virtuosa como sindicatos o «ligas por la paz», que se consolidarán como frentes de masas o pequeños círculos de infestación doctrinal, donde la mayoría de miembros no tiene una idea clara de qué o quiénes están detrás. Claro está que siempre el Partido controlaba férreamente esas organizaciones, por más aparentemente alejadas de lo político que estuvieran. Era la perversamente genial combinación entre una suerte de Compañía de Jesús anticristiana, ultrajerarquizada y eficacísima y la metodología de las «sociedades de pensamiento» de estirpe masónica, cuyos efectos fueron tan devastadores en la génesis de la Revolución Francesa.

Doctrinalmente, este modelo organizativo representaba la primacía absoluta de la política por sobre cualesquiera consideraciones, la mayor puesta en acto de la radical inmoralidad del marxismo al considerar que, más allá del avance de la Historia hacia la sociedad sin clases, no existe ningún otro baremo para la conducta humana. Así, pueden sacrificarse millones en aras de la utopía. Incluso el voluntarismo revolucionario de Lenin llega a corregir al materialismo histórico y dialéctico de Marx: si en las sociedades feudales todavía no existen las condiciones estructurales económicas para el tránsito al socialismo, aconsejaba el barbado antiprofeta de Tréveris, correspondía a los revolucionarios la colaboración con los partidos burgueses para derrocar el antiguo régimen y establecer una sociedad liberal capitalista. Las rigurosas leyes de la historia no conocían de saltos ni de sorpresas. Así, la revolución socialista vería la luz en las sociedades burguesas más complejas y desarrolladas como Gran Bretaña, Francia o Alemania. A países atrasados, como Rusia y China, solo les correspondería esperar su transformación en sociedades capitalistas y burguesas. Pero Lenin, en una audacia sin igual, «aceleró» a la historia y sus leyes, sin conocer límites de ninguna clase para la conquista del poder, de ahí su famosísima frase, casi un lema que lo define: «¡Fuera del poder, todo es ilusión!».

Por otro lado, la dictadura del proletariado, el otro gran aporte leninista, es una prolongación sine fine del supuestamente transitorio periodo del socialismo estatista, previo al comunismo, a la sociedad sin clases. Así, al inmoralismo político más extremo, se le unía la adoración al Estado, copado por una élite partidaria en torno a un líder literalmente todopoderoso, señor de vidas y haciendas, previamente estatizadas. No fue una sorpresa que esta doctrina acabase generado 100 millones de muertos en cien años, por lo menos, y una miseria y crueldad generalizadas en todos los planos de la existencia humana en los lugares que cayeron bajo su égida. El marxismo-leninismo no es más que la mayor idolatría del Poder Político que haya visto la historia de la humanidad y, por ende, la mayor de las inmoralidades posibles. Debajo de él, como su raíz, se encuentra clarísimamente el eritis sicut dii satánico, con su rostro bifronte de ateísmo y antropolatría.

Pero, ¿no desapareció la URSS en 1991? ¿No son ahora los partidos comunistas de estirpe bolchevique meros clubes de viejos nostálgicos o peñas de hippies, yunkies y otros jóvenes desadaptados? Por un lado, la licuefacción de las estructuras estatales y partidarias bolcheviques es un hecho; pero por otro, el modelo organizativo leninista –esa esencia de los errores de Rusia – permanece. Revolucionarios muy minoritarios, casi clandestinos en el ocultamiento de sus designios, y de preparación en la propaganda y la agitación bastante significativas, copan los organismos multilaterales y los ministerios en muchos lugares del mundo, incluso en países donde las tendencias izquierdistas son casi siempre derrotadas en las urnas. Mediante organismos aparentemente neutros, logran generar una resonancia en sus opiniones impensable de otra manera y que, poco a poco, va convirtiéndose en un nuevo «sentido común» ¿Y cuáles son los designios de esta neovanguardia leninista? Pues ir más allá de lo que quiso hacer el viejo comunismo, pues se han dado cuenta de las razones de su colapso. La cuestión ya no es tomar el poder político de manera directa o estatizar los medios de producción: ¡poco duró el socialismo soviético edificado sobre tales premisas! El objetivo ahora es estatizar aquellas realidades inmediatas, donde el hombre aprende, a veces de manera indeleble, las primeras nociones naturales de autoridad, propiedad y Dios. Es decir: estatizar hasta la misma fábrica de lo humano, la vida y la familia, y otorgarle al Estado la capacidad de poder decidir, sin tener en cuenta la tradición, la sociedad, la religión, la ciencia o incluso la razón natural misma, qué realidad humana es familia y quién es o no es persona.

Nada prepolítico importa ya: el Estado, controlado por élites ideologizadas, es ahora el único y último árbitro de lo humano. Así, podrá crear de uniones infecundas, efímeras y enfermizas “nuevos modelos familiares”, incluso sancionados por leyes ad hoc y convertidos en «confesionales», pues serán enseñados y defendidos en las escuelas y protegidos de toda crítica a través de legislaciones «antidiscrimación» persecutorias. Mientras tanto, el hombre, en sus primeras fases de desarrollo, sea en el claustro materno o sea en un laboratorio, o, ya mayor, si enfermo o anciano, podrá ser despojado legislativamente de su condición de persona, convirtiéndose en res nullius, a ser asesinada y descartada, de preferencia con recursos públicos. Una vez consumada esta estatización, no habrá ninguna resistencia moral o humana para la llegada de la mayor tiranía colectivista de la historia.

La actual vanguardia leninista ha sido particularmente exitosa: parece haber convertido a la Organización de las Naciones Unidas, a la Unión Europea y la Santa Sede en sus frentes de masas. El liberalismo en sus múltiples variantes, ancestro inconfesable del marxismo pero que pretendió durante la llamada Guerra Fría presentarse como su principal oponente, ha acabado convertido en su sicario y lacayo, que, en nombre de seudoderechos arbitrarios, impone la agenda neoleninista. Porque parece ser que, en nuestros días, todas las tendencias revolucionarias, antiguas y modernas, están confluyendo en un designio misterioso.

Un joven bibliotecario y poeta chino, hace exactamente 100 años, escribía lo siguiente: «Todos los fenómenos del mundo son simplemente un estadio del cambio permanente…El nacimiento de esto es necesariamente la muerte de aquello, y la muerte de aquello es necesariamente el nacimiento de esto, de manera que el nacimiento no es nacimiento y la muerte no es destrucción (…) En todos los países, las diversas nacionalidades han lanzado distintos tipos de revoluciones que purifican de manera periódica lo viejo, infundiéndole lo nuevo, representando todas ellas cambios enormes, que implican la vida y la muerte, la generación y la destrucción. La destrucción del universo también es así…Aguardo con impaciencia su disolución, porque de la destrucción del viejo universo nacerá uno nuevo y, ¿acaso no será mejor que el antiguo universo? Yo afirmo: lo conceptual es real, lo finito es infinito, los significados temporales son los significados intemporales, la imaginación es pensamiento, la forma es sustancia, yo soy el universo, la vida es muerte y la muerte es vida, el presente es el pasado y el futuro, el pasado y el futuro son el presente, lo pequeño es grande, el yang es el yin, arriba es abajo, lo sucio es limpio, lo masculino es femenino, y lo grueso es fino. En esencia todas las cosas son una sola, y el cambio es la permanencia. Soy la persona más eminente, y también la persona más indigna».[1]

Se trataba de Mao Tse Tung, fidelísimo discípulo de Lenin y el mayor asesino en masa de la historia, reproduciendo el viejo heraclitismo relativista negador del ser y panteísta, que estaría también detrás de la gnosis de todos los tiempos, pero con aire e intención dialéctica. No era más que la revelación de la permanente continuidad, al margen de las apariencias multiformes, de la doctrina de la Serpens Antiqua...


[1] El texto corresponde a 1917 y es recogido por S. Schram en la monumental compilación Mao’s Road to Power: Revolutionary Writings 1912-1949. Tomamos la cita de P. Short, Mao, Crítica, Barcelona, 2011, p. 92.

viernes, 15 de diciembre de 2017

EL CINE CUENTA LA CRISIS

Parece que hay un viejo proverbio jasídico (pero no tan viejo que se anticipe a la rutilante era de la publicidad y la propaganda) que afirma que "cuando el Mesías venga, saldrá en los periódicos". Palabras suficientes para desmentir el bergoglema que sostiene que judíos y cristianos esperamos al mismo Señor: si cuando Éste vuelva se detendrá la mismísima fábrica del cosmos, quedando suspenso el ciclo del sol y el de la luna, ¡cuánto más lo harán las rotativas! Un mesías fotografiado y entrevistado en los medios, o capaz de conceder conferencias  de prensa, no puede ser sino un anticristo, y el esperado de la judería ínfida y de la renegada Jerarquía.

Lo que no impide que, pese a la apostasía galopante y al universal olvido de las verdades de la fe, un medio tan favorecedor del emocionalismo y de las adherencias (que no adhesiones) todas todas transeúntes, el cinematógrafo, pueda ahora interesarse por la crisis que cunde en la Iglesia, retratando la prevaricación que -en creciente ritmo desde hace décadas- desciende desde el vértice como un manto de tinieblas. Se diría que hasta la gran pantalla ha dado la voz de alarma, señalando que la perplejidad ante la deformación sistemática del catolicismo ha tomado estado público, y que la consonancia entre ésta y el caos de las naciones no debe ser fortuita.

The Vatican Deception, que se estrenará en salas de cine el próximo 18 de enero, «es una poderosa investigación concerniente al siglo pasado a través de la lente de las profecías de Fátima, y ofrece visiones sobre la crisis en vigor en el Vaticano, cómo esta crisis se vincula con sucesos mundiales-clave, y porqué vige una batalla en el Vaticano para anular las profecías [...] El filme también enseña a quien intente comprender nuestros turbulentos tiempos que si atendemos a todos los desastres naturales, terrorismo, tiroteos masivos, fraude, violencia, codicia y "guerras y rumores de guerra" (Mt 24, 6) en el contexto de estas profecías, alcanzaremos una perspectiva aleccionadora de por qué el mundo parece estar girando fuera de control». Pues en el conflicto «entre quienes custodian los secretos de Fátima y aquellos que los suprimen descansa el destino de la humanidad, ya que su resultado determinará si el mundo sufrirá calamidades inimaginables o si gozará de un notable período de paz» (fuente, aquí).





La paz del mundo, la paz política -como lo recordó el padre Roger-Thomas Calmel, O.P., en un notable ensayo dedicado a las apariciones marianas en Fátima- es un don de Dios y del Corazón Inmaculado de María: tal la enseñanza que debe deducirse sin dificultad de las palabras de Nuestra Señora a los tres pastorcitos de Cova de Iría. Pues aún las buenas instituciones de las que se esperaría una contribución decidida a la paz del mundo, así como sostienen a las personas en el bien, son recíprocamente sostenidas por la justicia de las personas que las conforman, y esta justicia personal depende de la gracia de Dios. La que, para derramarse, requiere a su vez de la conversión -empezando por la conversión de los cristianos sumergidos en un naturalismo que ha inficionado completamente las conciencias. Si se quiere evitar las calamidades anunciadas en las profecías conminatorias proferidas y escritas desde antiguo y que ahora encuentran el escenario más propicio a su realización merced al materialismo de Estado y al hábito universal del hedonismo urge, pues, la conversión de las almas y de la sociedad: es Cristo Rey, proclamado por las sociedades, y no la ONU, quien convierte las lanzas en arados y ahuyenta los horrores de una guerra nuclear.

Que los hombres de Iglesia ya no reconozcan esta verdad primarísima y no reclamen al mundo esta adhesión necesaria equivale a empujar a la humanidad entera al abismo. Así, al tiempo que se bate el parche de la misericordia, se renuncia patentemente a las tres principales obras de misericordia espiritual, resultando en un crimen incomparable en magnitud, por lo orbital, y una traición a la propia misión capaz de causar pavor al firmamento. Una aceleración vertiginosa de los tiempos con el sello de Caín y de Judas.


martes, 28 de noviembre de 2017

DE PROFUNDIS

Casos como el de los mineros sepultados bajo tierra y rescatados al filo de la muerte, o el de los tripulantes del submarino siniestrado, capaces de atizar el horror y la conmiseración de una entera nación, tendrían que dar también lugar a una reflexión desgraciadamente vedada a la conciencia de nuestros contemporáneos, sobremanera ocupados en aprovechar las promesas del black friday. Pues aunque hoy se den las condiciones necesarias para suscitar una tragoedia praetexta de carácter inédito (osadía del hombre munido de recursos técnicos capaces de hurgar en las entrañas del abismo terrestre y del marino; inmediatez de los medios para divulgar cualquier detalle concerniente al luctuoso asunto, incluida la espera ansiosa de los familiares de las víctimas y el juicio técnico de los expertos), hay una parcela de las cosas irreductible a la mera historicidad y a las ilusiones del progreso que le fue indoloramente amputada al hombre como para que éste repare en la falta.

Una parcela, es decir: el núcleo. Se trata de la conciencia moral, sacrificada al ídolo del propio vientre o de las propias alforjas, del confort o de los entretenimientos, que tienden un velo espeso sobre la impostergable consideración de los novísimos, dándole al viador la ilusión de un eterno tránsito sin meta, un perdurable rebotar humano entre las cosas, al modo del judío errante de la fábula. Pues la sociedad post-cristiana, judaizada y domesticada primero por el patrón oro y luego por el gran dinero etéreo, ha emprendido su propia diáspora, y por eso cunden las migraciones masivas, el desarraigo, la continua mudanza local y la volatilidad patrimonial, que a menudo no dura dos generaciones.

Desconocida al día de hoy la causa del desolado siniestro naval, la danza de las hipótesis evoca razones varias pero coincidentes en su carácter de expresión política de unos tiempos insuperablemente viles: la negligencia en la guarda de la soberanía, que ha hecho carrera desde la derrota de Malvinas con monolítica continuidad de uno a otro gobierno, hasta alcanzar recientemente la práctica desaparición de la flota aérea de combate; la corrupción, por la que en su momento se sobrefacturaron tareas de mantenimiento y reparación de la nave que ni siquiera se realizaron en los términos prescritos; el ataque exterior por un posible acercamiento del submarino al área de exclusión impuesta unilateralmente por Inglaterra en torno de las Malvinas -dato que, de ser cierto, estaría en conocimiento de los altos mandos de la Armada y del presidente, que continuarían con la pantomima de la búsqueda y rastrillaje para no tener que pedir cuentas de su enésimo crimen a los invasores, ahora reconocidos como amigos. Una posibilidad más denigrante que la otra, todas en el mismo contexto de la consabida rapiña pesquera en el mar argentino, de las exploraciones para dar con pozos subacuáticos de petróleo a entregar al mejor postor y de ejercicios militares conjuntos programados con Estados Unidos y Gran Bretaña, que ya se pasean por la Patagonia como dueños y señores de estos páramos.

Tal la esfera de las posibles causas inmediatas, el drama del submarino parece también hecho a la medida de la humanidad hodierna y un reflejo de su suerte: la ineluctable suerte que cabe aventurarle al pecador empedernido y el hundimiento irremontable que supone la impenitencia final. Pero también, y ya sin apurar las proyecciones, es un retrato del instante actual del hombre embebecido en lo superfluo, que a menudo sufre, sin querer percatarse de ello, la angustia abrasadora de haber negado y rechazado a su Redentor, lo que lo mantiene en unas simas inaccesibles a la gracia. Cosa que en la res pública se traduce, según la conocida figura quevediana y a despecho de las orgullosas prerrogativas del hombre nacido de las cloacas de la Revolución, en la vigente tiranía de Satanás y en el rechazo radical de la política de Dios y el gobierno de Cristo.

A la luz de lo que exhibe su De profundis, es para dudar que la oportunidad de la cárcel haya suscitado en Oscar Wilde una atrición suficientemente viva: más bien le permitió padecer como un desgarro, con inocultable amargura, el contraste entre su anterior vida disoluta y los trabajos forzados a que se hizo acreedor: sabe Dios si le bastó con eso. «Mártir de su propia excentricidad y de la honorable Inglaterra», según lo retrata Darío, el irlandés debió aprender en el presidio que «las deformidades, las cosas monstruosas, deben huir de la luz, deben tener el pudor del sol».

Las deformidades y las cosas monstruosas hoy se exhiben como a timbres de honor, y el hombre se jacta de sus abominaciones a plena luz del día, satisfecho de contrariar aquello que pone san Juan en su Evangelio: quien obra mal odia la luz, y no va a la luz, para que no se descubran sus obras. Como en los tiempos de Sodoma, según el Señor nos advirtió acerca del carácter de los días postreros, se peca ya sin vergüenza y con toda arrogancia, porque «sobreabundó la iniquidad y se apagó la caridad en muchos». Pero hay compensaciones necesarias: lo sabían los creadores de la tragedia antigua, que ni siquieran sospechaban la llegada de los tiempos mesiánicos pero admitían la existencia de una justicia sobrenatural que no tardaba en imponerse a los desafueros de los mortales. En la misma medida en que la reyecía del Señor siga siendo rechazada, tanto más espesa caerá la noche, peor que la de submarinos desbarrancándose irremisiblemente por el talud continental.

miércoles, 25 de octubre de 2017

AUTONOMÍA SÍ, PERO DE DIRECCIÓN OBLIGATORIA

por Cesare Baronio
(traducción del original por F.I. 
Fuente aquí)

Todas las utopías anticristianas, sean las religiosas que las políticas, se presentaron bajo la apariencia de un movimiento popular desde abajo, mientras que en realidad se inpusieron con los métodos de la tiranía: fueron una tiranía la Pseudoreforma luterana, el cisma anglicano, la Revolución francesa, el Risorgimento, el comunismo, el nazifascismo, el Concilio Vaticano II. Lo son hoy las democracias en las cuales se impone a las masas la teoría gender, el matrimonio homosexual y la invasión islámica. No constituye una excepción la neo-iglesia, cuyo princeps demuestra en los hechos un autoritarismo y una arrogancia en el ejercicio del poder del todo opuestas a los pretextos de democratización y colegialidad que nos llegan desde la curtis.

Heredero y servil ejecutor del Vaticano II -diga lo que diga Socci-, Bergoglio está hoy llevando a cumplimiento lo contenido in nuce en aquella infausta junta, que impuso  a la Iglesia las decisiones de conventículos de expertos progresistas con la complicidad y la connivencia de sus Papas. Puesto que aquello que las bellas almas del Concilio llaman excesos no son otra cosa sino la coherente aplicación de la voluntad partisana y facciosa de una élite.

El grotesco documento Amor laetitiae demuestra que la pretendida autonomía del Episcopado y de las Conferencias Episcopales en clave colegialista y parlamentarista, lejos de tomarse a pecho la salvación eterna de concubinarios y adúlteros, debe leerse ad mentem Bergollei, es decir, con la decidida intención de admitir a los sacramentos a quienes resulten indignos de ellos. Y si por un lado hay algunas Conferencias Episcopales que confirmaron la disciplina tradicional, por el otro la praxis asumida es que los divorciados pueden comulgar en el Sagrado Banquete y participar de la vida sacramental de la Iglesia. Lo prueba la entusiástica acogida de Amor laetitiae de parte de la Conferencia Episcopal alemana y de la maltesa, la censura de no pocos obispos para con los clérigos refractarios a la novedad y las expulsiones de docentes críticos con aquel documento en ateneos nominalmente católicos. Es inútil decir que dentro de las Murallas Leoninas la simple sospecha que un oficiad de Congregación pueda no estar alineado alcanza para decidir su despido. En las barbas mismas de la parrhesia. De poco valen los Dubia y las correcciones filiales, las peticiones y las recolecciones de firmas, ignorados con tiránico desprecio por Bergoglio.
El motu proprio Magnum principium no es la excepción. Otra vez más, con el pretexto de una mayor democratización y de una más difundida participación del episcopado en el gobierno de la Iglesia, es evidente que la libertad y la autonomía concedidas a las Conferencias episcopales y a los obispos pueden ejercitarse sólo y exclusivamente si están en línea con la voluntad del Príncipe. 

Y he aquí la prueba.

Imaginemos por un absurdo que sea posible delegar a las Conferencias episcopales nacionales la disciplina litúrgica, y que la Santa Sede quisiera realmente que toda traducción de los textos litúrgicos sea congruente con la sana doctrina, aunque más no sea en la diversidad de las lenguas vernáculas.

Imaginemos que una Conferencia episcopal o un Ordinario, a instancias del motu propio de altisonante incipit Magnum principium, legisle en sentido tradicional, estableciendo, por ejemplo, que las palabras de la consagración pro multis sean fielmente traducidas, aplicando aquello que había mandado -sin ser escuchado- Benedicto XVI en la Carta al presidente de la Conferencia episcopal alemana del 14 de abril de 2012.

Imaginemos que los obispos de un hipotético Estado, acaso apelando a la Sacrosanctum concilium, decidan que de ahora en más será obligatorio celebrar la Misa en lengua latina -usus linguae latinae in ritibus latinis servetur-, limitando el uso del vernáculo a casos específicos y esporádicos.

Imaginemos que éstos, aplicando el motu proprio Summorum Pontificum y sus normas anejas emanadas por la Santa Sede, impongan al clero nacional el saber celebrar en la así llamada «forma extraordinaria». Imaginemos que dicha Conferencia episcopal establezca que en cada parroquia por lo menos una Misa dominical se celebre en rito antiguo.

¿Creéis que Bergoglio -según sus palabras, tan respetuoso de la descentralización y de la autonomía de las Conferencias episcopales- aceptaría que en esa nación el motu proprio Magnum principium se entienda en sentido tradicional? ¿Creéis realmente que no intervendría? ¿Creéis que dejaría impunes a los obispos de aquella nación? ¿O no usaría más bien el propio poder y la propia autoridad directa, inmediata y absoluta, para restablecer la Babel litúrgica y doctrinal, desautorizando la decisión de los obispos?

Por otra parte, si no tuvo escrúpulos en corregir públicamente al Prefecto de la Congregación para el culto divino, cardenal Sarah, con mayor razón no tendría problemas en hacerlo con el obispo de una diócesis o de una Conferencia episcopal, cosa por lo demás ya verificada anteriormente en otros clamorosos casos, empezando por el indecoroso escándalo de la Orden de Malta o, más recientemente, con las subterráneas interferencias en la  discrepancia planteada por la Conferencia episcopal polaca a propósito de Amor laetitiae.

He aquí entonces demostrada la facciosidad del documento papal. El cual usa como pretexto la autonomía de las iglesias nacionales con el único objetivo de delegar en éstas -como ocurre ahora con Amor laetitiae- la introducción de normas laxistas y permisivas, la aprobación de praxis cada vez más progresistas y ecuménicas, con la certeza de que en los lugares de poder hay personas que secundan la voluntad del soberano absoluto.

Y justamente como con Amor laetitiae hay muchas Conferencias episcopales que admiten a los concubinarios a los sacramentos y sólo algunas que confirman la praxis católica tradicional, así en el ámbito litúrgico tendrá que haber Conferencias episcopales que supriman el aspecto sacrificial de la Misa para introducir la intercomunión con los protestantes, mientras sólo algunas -mal toleradas, y apenas de momento- siguen no autorizándola, siquiera oficialmente. Y ciertamente sin tener ninguna posibilidad de obligar a los propios clérigos a obedecer, desde el mismo momento en que a éstos les bastaría posar sus piececitos en el refectorio de Santa Marta para verse reintegrados en las propias funciones.

¿Otro ejemplo? Tomemos a los cismáticos de Oriente: los únicos puntos en común sobre los cuales versa el diálogo ecuménico son aquellos que debilitan el primado petrino, mientras que en lo tocante a la sacralidad de los ritos se calla obstinadamente, en vista de que no avanzan en la dirección querida por Bergoglio y amenazan con dar crédito a aquellos que piden una liturgia más decorosa. Y viceversa, con los heréticos protestantes se dialoga de intercomunión -por ahora sólo en ciertos casos, pero ya sabemos cómo terminan estas cosas-, al paso que ésta es impracticable y conduciría a la distorsión del edificio doctrinal católico en su totalidad.

Lo mismo vale para el jus soli. Si gracias al mismo se concediera la ciudadanía italiana a inmigrantes católicos como los filipinos, nuestra Italia no tendría que temer una pacífica convivencia con estos nuevos ciudadanos que, por su parte, harían un precioso aporte a la defensa de la común tradición cristiana y de los comunes valores morales y espirituales.

Pero éste no es el objetivo por el que Avvenire y los políticos promueven el jus soli: ellos quieren que vengan a Italia mahometanos e idólatras y paganos y ateos, de modo de borrar los últimos restos de catolicidad de nuestro país. Y si ocurriera de veras que un contingente de filipinos tuviese que desplazarse hacia Italia, se les exigiría de inmediato el juramento de fidelidad a la laicidad del Estado y se condicionaría la concesión de la ciudadanía a las aceptación del aborto, la eutanasia, las parejas gay, etc.

Verba volant -las palabras llegan a todas partes- y scripta manent -las cosas escritas quedan en el papel. Que lo tengan en cuenta quienes creen poder obtener ope legis aquello que en los discursos de ocasión y en las intemperantes telefoneadas de Santa Marta se pone diariamente en tela de juicio.